El día que mi conciencia se desenchufó
(Y por qué le perdí el miedo a la muerte)
La pequeña muerte: cuando el cuerpo decide regresar a casa
El pasado 3 de junio, una ciática insoportable me llevó directa
a urgencias. El protocolo fue rápido: dos inyecciones, una para desinflamar el
nervio y otra para aplacar el dolor.
Me quedé de pie mientras me las ponían. Pero al sentir el
segundo pinchazo, un aviso recorrió mi cuerpo. El dolor cedió su espacio a un
mareo denso y repentino. Solo alcancé a decir en voz alta:
—Me mareo, me mareo...
Lo que sigue a esas palabras es un vacío. Un fundido a negro.
Esos segundos simplemente no existen en mi conciencia.
Cuando volví en mí, el escenario había cambiado por completo. Ya
no estaba de pie; me encontraba en una camilla, en posición horizontal, rodeada
por el médico y la enfermera que intentaban reanimarme. El regreso fue lento:
la visión borrosa, voces que llegaban como ecos lejanos y un sudor frío que me
recorría todo el cuerpo.
El sutil interruptor de la existencia
En ese instante de confusión, me asaltó un pensamiento: qué
rápido se desenchufa la conciencia del cuerpo. Ocurre sin previo aviso y
sin pedir permiso. En un segundo eres un ser sintiente y al siguiente, cuando
las constantes vitales caen, no eres nada. Nos convertimos en un fardo inerte,
un ropaje vacío que necesita de manos ajenas para regresar al aquí y al ahora.
A lo largo de mi vida, esto me ha sucedido muchas veces. Desde
pequeña, cuando el pediatra me sacaba sangre por primera vez, descubrí que mi
cerebro tiene esa peculiar manera de reaccionar. No es algo que yo busque
voluntariamente; es un mecanismo instintivo, un interruptor de emergencia que mi
propio cuerpo decide pulsar ante el dolor o el impacto.
Por eso, al despertar, me sentí tranquila. Estoy acostumbrada.
Es más, desperté con una sonrisa ajena a la tensión que se respiraba en la
sala. Sin embargo, esta vez el regreso tuvo un matiz diferente.
Cruzar la puerta sin drama
Mientras me recuperaba, empecé a reflexionar sobre lo mucho que
se parece un desmayo a la muerte física. Decidí llamarlo "la pequeña
muerte". Al fin y al cabo, el proceso es idéntico: el cerebro desconecta
el cuerpo y, simplemente, desapareces de esta realidad.
Morir, pensé, tal vez no sea más que eso: cerrar los ojos en un
sitio y abrirlos en otro. Salir de una habitación para entrar en la siguiente.
Si lo miras así, se le quita dramatismo al asunto. Es el
mecanismo más natural del universo. Nuestro diseño biológico y espiritual sabe
perfectamente lo que tiene que hacer: desconectarse de esta experiencia
terrenal cuando llega el momento, como quien apaga una lámpara al terminar el
día, para regresar al verdadero hogar.
Por primera vez en mi vida, despojada de todo artificio en esa
camilla de hospital, sentí que le perdía el miedo a la muerte. Me miré por
dentro y me dije: Estoy lista si ese momento llegara.
Porque al final, el tipo de muerte no importa. Solo es una
puerta más que cruzamos para volver a casa.
* * *
